Literatura

Cuautla, Morelos 19 de julio del 2014

Taller de creación literaria

Donde nacen los Niños Santos

Abordamos un autobús en Tehuacán, Puebla, en él recorrimos durante unas tres horas una carretera serpenteante, siempre cuesta arriba. Durante el recorrido, el paisaje va paulatinamente cambiando, desde los cañaverales en el llano, al inicio del trayecto, pasando después, a un paisaje semiárido, salpicado esporádicamente por manchones verde pálido de nopales, donde aparecen, de vez en cuando, grandes órganos  imponentes de color verde oscuro, que, como estoicos vigías, se yerguen extendiendo hacia el cielo sus múltiples, largos y espinosos brazos que parecen marcar el confín del llano y la entrada de la sierra.

Huautla

Conforme la carretera va ganando altura, por un costado las barrancas se van haciendo cada vez más profundas y por el otro flanco se pueden observar grandes taludes, cortados aquí y allá por arroyos que bajan desde puntos más altos y a trechos,  sembradíos de milpa, que tiene que haber sido arrebatados a la sierra a costa de grandes fatigas. Llega el momento que la carretera subió tan alto, que ahora las nubes se pueden ver, cuando aparecen, por debajo del horizonte. No obstante, siempre el talud contrario a la barranca sigue siendo más alto. Al llegar al inicio de uno de los pocos tramos rectos, a lo lejos se ve un arroyo que baja de la sierra alta formado una cascada de unas decenas  de metros, que cae  blanca, hermosa y refrescante a un costado de la carretera.

Después de vadear dos o tres cascadas más  y pasando dos pequeñas poblaciones que la carretera atraviesa, se alcanza a ver en la lejanía la siempre verde sierra, que aparece ahí  surcada de calles y casas con techos de añosas tejas rojas y láminas de zinc y sobre la carretera, de lado a lado un enorme letrero verde con grandes letras blancas  que dice: “Bienvenidos a Huautla de Jiménez”.

El pueblo es grande. Sus calles, obligadas a  seguir las exigencias del terreno serrano, son sinuosas y de niveles ondulantes. Algunas, las más recientes, pavimentadas con concreto hidráulico; otras, las más antiguas, empedradas. Las calles lucen limpias. Tal vez sea por las lluvias. Huautla se visita siempre en temporada de lluvias. Pues es la única época del año cuando nacen y crecen los “Niños Santos”. Aquí, en esta época del año, llueve a diario, intermitentemente durante el día y toda la noche. A pesar de eso, también, casi a diario sale el sol, resplandeciendo entre el aire lavado por tanta lluvia.  Entonces se  pueden admirar los paisajes circundantes  que lucen hermosamente definidos.

A un costado del pueblo se puede ver un gran pastizal verde esmeralda, aledaño a él  se ve una pista de aterrizaje para aeronaves pequeñas. Los lugareños  dicen que ahí es donde aterrizó la avioneta donde en los años sesentas, llego a visitar Huautla, uno de los Beatles. No sabemos si eso fue cierto, pero resulta bastante verosímil, pues por el centro de Huautla nos pudimos topar y conversar con visitantes de Japón, Australia, Italia y Estados Unidos.

Hay unos cinco Hoteles en total, visitamos el Olímpico, que es un edificio grande, construido al parecer en los sesentas. Está medio feo, las paredes con la pintura descarapelada, los colchones  de sus habitaciones dejan mucho que desear. Pero, si no  hubiera otra cosa, también ahí se puede descansar y contemplar a través de las ventanas de sus habitaciones el panorama  de  los techos de  tejas rojas, los empedrados de las calles y la sierra con sus incontables tonos de verde, lo que te hace olvidar cualquier inconveniente. Frente al mercado está el Hotel “El rinconcito”, limpio, cómodo y tranquilo.

La otra opción es hospedarte con la gente del lugar. Al caminar por el centro del pueblo te ofrecen el hospedaje o tú preguntas quién te pueda albergar. Por 25 pesos diarios tendrás hospedaje y podrás vivir como un huautleco. Eso sí, el baño es de a jicarazo. Pero en contraprestación, tomarás el auténtico café de la región y te servirán las comidas con tortillas a mano, siempre torteadas al momento.

La principal escuela primaria y el sitio de taxis se llaman “María Sabina”. En los muros exteriores de una de las iglesias del pueblo se pueden ver coloridos murales con la imagen de los Psilocybe zapotecorum, los hongos alucinógenos conocidos como “derrumbes”, nombrados así dicen algunos, porque brotan en las laderas deslavadas y en los taludes de los cerros. Otros afirman, que el nombre es una metáfora del efecto que producen los “derrumbes” en quien los come. El consumo de los hongos, el pueblo lo entiende como medicinal. Eso se respira en el ambiente de Huautla y en la forma en que se les nombra,  siempre con respeto y veneración. Nunca te lo dicen, pero muy rápido te das cuenta que no es correcto llamarles hongos. Ellos les dicen: santitos, niños santos, honguitos, humito, champis. Cualquier lugareño te puede decir con quién ir. Y te recomendarán que los tomes en una ceremonia, que se realiza sólo de noche, efectuada por un chamán.

Visitamos la  casa  prefabricada que algún político mexicano o los norteamericanos le regalaron a María Sabina. Recorrerla causa una impresión surrealista, con sus pisos de linóleum, paredes huecas y ventanales con molduras de aluminio. Sin un sólo mueble ni huellas de haberlos tenido nunca.  Lo artificial de esa morada contrasta con las casas  adyacentes que siguen siendo sencillas construcciones de adobe y ladrillo, con techos de láminas de zinc, y tejas de barro, donde ahora viven los bisnietos de la sacerdotisa. Dicen que María Sabina nunca vivió en esa casa de utilería, la usaba de gallinero y siguió viviendo en donde siempre había vivido. En los patios de esas casas hay muchas plantas con flores multicolores, árboles de limones, guayaba y durazno. A un costado de la prefabricada, está  la choza original donde María Sabina hacia sus ceremonias, ahí, bajo un  techo de paja, sostenido con horcones de madera y piso de tierra aplanada, se puede ver en el  centro, una viejísima mesa de madera cubierta con un mantel de plástico de vivos colores, sobre la que reposa una multitud de figuras de santos presididos por la virgen de Guadalupe, todo aromatizado por un incensario de copal. Ese es el lugar donde María Sabina compartió su sabiduría.

Un paseo obligatorio es subir al cerro de la adoración, donde, afirman los mazatecos, reside  el “Chicón Tocoxo” (dueño de los cerros y montañas). Deidad a la que es necesario pedir permiso para poder llevar a cabo cualquier actividad que se desee realizar en los cerros y montañas de la sierra mazateca. Desde su cima se puede ver todo el pueblo y sus alrededores. Estando ahí me di cuenta que a los lejos, entre las calles serpenteantes y el desorden del trazado urbano de casi todo Huautla sobresalía un barrio, que entre el desarreglo general, lucia bien trazado y ordenado. Le comenté al lugareño que nos acompañaba, que ese era el único lugar que se veía ordenado, organizado y regular, que se veía bonito, y que yo no había visto o visitado ese barrio cuando anduve en el pueblo. Ya no lo dije, aunque estuve a punto de hacerlo, que me gustaría vivir ahí.  ¡Qué bueno que no lo hice!, pues me respondió,  que ese lugar tan lindo y ordenando, ¡es el panteón del pueblo!

Jorge Alberto Ornelas Lizardi
jorgeornelas@hotmail.com
www.jorgeornelas.com

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